Durante mucho tiempo pensé que “volver a mí” era hacer algo grande. Un viaje, una ruptura, un nuevo comienzo. Cualquier cosa que oliera a cambio de vida.
Y, claro, cambié muchas veces. De trabajo, de ciudad, de hábitos, de entorno. Hasta de versión de mí mismo.
Pero siempre pasaba lo mismo: después de la euforia inicial, volvía el mismo ruido interno. Esa sensación de estar corriendo, pero sin saber hacia dónde. Hasta que entendí algo que suena obvio (y a la vez duele): no me había perdido en el mundo, me había perdido de mí.
Cuando dejas de reconocerte
Hay un momento en que notas que estás desajustado. No porque las cosas vayan mal, sino porque tú ya no estás ahí del todo.
Te levantas cansado, aunque hayas dormido. Haces cosas que “tienen sentido”, pero no te ilusionan. Y te descubres diciendo frases como “ya se me pasará” o “tengo que tirar”.
Yo pasé años así, disfrazando mi desconexión con productividad. Hacía listas, cumplía objetivos, tachaba tareas… Y, sin embargo, cada vez me sentía más lejos de lo que me hacía bien.
Hasta que un día me di cuenta de que no estaba cansado de mi vida, sino del personaje que había creado para sobrevivirla.
Esa fue mi primera pista: cuando todo encaja menos tú, es hora de volver.
Cómo nos perdemos sin darnos cuenta
Nadie nos enseña a escucharnos. Nos enseñan a cumplir, a caer bien, a ser funcionales.
De niños teníamos una brújula interna muy clara: sabíamos lo que queríamos y lo que no. Pero luego llegaron los “sé razonable”, los “no llores”, los “piensa en los demás”. Y ahí empezó la desconexión: aprendimos a silenciar lo que sentíamos para ser aceptados.
No fue culpa de nadie. Fue supervivencia emocional. El problema es que, con los años, seguimos actuando igual: diciendo que sí cuando queremos decir que no, fingiendo calma cuando por dentro estamos agotados, y creyendo que si hacemos “lo correcto”, llegará la paz.
Pero la paz no llega haciendo lo que toca. Llega cuando dejas de traicionarte en lo pequeño.
A veces creemos que volver a nosotros es una crisis. Pero casi siempre es una limpieza: el alma diciendo “ya no puedo sostener esta versión de mí”.
Volver a ti no es reinventarte, es recordarte
Durante una época me obsesioné con la idea de “ser mi mejor versión”. Leí libros, hice cursos, cambié rutinas… Y sí, mejoré muchas cosas. Pero no me sentía más cerca de mí, solo más perfeccionado.
Hasta que entendí que volver a ti no va de mejorarte, sino de recordarte.
Recordar quién eras antes de que aprendieras a esconderte. Recordar lo que te emocionaba antes de que el miedo te volviera prudente. Recordar que no necesitas hacer tanto para valer.
Cuando entendí eso, solté la idea de convertirme en alguien nuevo. Me di cuenta de que no quería una “nueva versión”, quería una versión más verdadera.
Y ahí cambió todo: dejé de buscar fórmulas para mejorarme y empecé a escucharme más. A veces no encontraba respuestas, pero al menos ya no me ignoraba.
El regreso empieza en lo cotidiano
Hay una parte muy romántica en la idea de “volver a ti”. Como si implicara una gran revelación. Pero en realidad, el regreso se construye en lo pequeño.
No hace falta irse a la montaña ni empezar de cero. A veces basta con cosas tan simples como:
- Apagar el móvil durante un rato y escuchar el silencio.
- Decir “no puedo” sin sentirte culpable.
- Escribir lo que sientes aunque no suene bonito.
- Mirarte con ternura cuando no cumples tus propias expectativas.
Cada pequeño acto de honestidad contigo mismo es una forma de regresar. No necesitas más fuerza de voluntad, sino más permiso.
Volver a ti no es un destino; es un hábito. Uno que se entrena cada vez que eliges la calma en lugar de la exigencia.
Y sí, a veces dolerá. Porque volver implica mirar lo que evitaste durante años. Pero justo ahí, en esa incomodidad, está la libertad que buscabas fuera.
Ejercicio: tu brújula interior
Te dejo un ejercicio que a mí me ayudó cuando sentía que me había perdido.
1. Silencio de cinco minutos.
Cada día, sin distracciones. Solo respirar y notar qué aparece.
(No vale hacerlo mientras cargas el lavavajillas).
2. Pregunta clave.
Ante cualquier decisión o plan, pregúntate:
“¿Esto me acerca o me aleja de mí?”
Si la respuesta no te gusta, no la juzgues. Solo obsérvala. Es tu brújula ajustándose.
3. Diario de regreso.
Durante una semana, anota cada noche:
“Hoy me sentí más yo cuando…”
Verás que las respuestas no tienen que ver con éxito ni productividad. Tienen que ver con momentos donde fuiste sincero contigo: decir no, reírte sin filtro, descansar a tiempo.
Y ahí está la magia: volver a ti es volver a lo que te hace sentir vivo, no a lo que te hace quedar bien.
Para seguir profundizando
Este texto forma parte de la filosofía de mi libro Empieza por ti, el primer título de la Serie Reconócete de Impulsa Ediciones. Un viaje para entenderte sin juicio, soltar el piloto automático y volver a casa en ti.
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Publicado por Impulsa Ediciones – Serie Reconócete



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